*"Maestro, ¿Cómo pintar lo que hay detrás del horizonte, si es igual al deseo que nunca se alcanza?"
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lunes, 16 de noviembre de 2009
Subsistencia
Decidí salir de casa por pura subsitencia: de cuerpo, para llenar mi despensa desinflada, en el mercado más cercano... y de alma, para la presentación de Savia de las Antípodas, el libro de mi amigo Alfredo, el poeta.
Decidí salir del inenarrable placer de mi casa,y de mis medias de figuritas de lana y de mi té caliente, y de las estadísticas de mi eterna tesis en las últimas horas de la tarde, para cualquier cosa, excepto aquello.
Un arsenal de personas en el portal, una cinta que guardaba el paso, unos policías de negro y una manta que cubría un cuerpo. El cuerpo de quien unas horas antes, mientras en casa yo sorbía las últimas gotas té, me quitaba las medias, me dormía frente a las últimas fórmulas de tesis, se lanzaba del cuarto piso, cansada, digo yo, de subsistir.
Y yo pregunto la pregunta del poeta, "¿Cuándo el silencio comienza a considerarse grito?"*. ¿Desde donde el grito y desde cuándo el silencio para el que las paredes de mi casa y hasta de mi, alcanzaran hacerme tan sorda?
Y se me ocurre que acaso, cuando tenía vida, el cuerpo que yacía en la calle que da a mi puerta, se preguntaba lo que había detrás del horizonte, que no quiso pintar el pintor por ser igual al deseo que nunca se alcanza.*
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*A. P. Alencart
*"Maestro, ¿Cómo pintar lo que hay detrás del horizonte, si es igual al deseo que nunca se alcanza?"
*"Maestro, ¿Cómo pintar lo que hay detrás del horizonte, si es igual al deseo que nunca se alcanza?"
Poema de Alfredo Pérez Alencart, en su libro "Savia de las Antípodas"
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viernes, 22 de mayo de 2009
¡Es él...! (publicación)
Casi nunca viene mal que los pensamientos se concreten en ideas y las ideas en palabras y las palabras en "entradas" y que las entradas se publiquen en un periódico Nacional.
Lo que ayer fue pensamiento, hoy lo descubrí en este artículo de prensa dominicana:
Artículo: "Es él"
Por: Laura Gómez Liz
Ayer tarde, cuando salí de mi casa, en Salamanca, fue para encontrar la plaza “San Benito”, en donde, según alguien le dijo a alguien, que al final me dijo a mi, recitarían poesía.
Andaba de prisa, así que decidí no fiarme de mi sentido de ubicación –o más bien, de la ausencia del mismo. Busqué a alguno al que mis pintas de estudiante le evocara ese sentido paterno, clave para conseguir cualquier tipo de ayuda en ésta ciudad estudiantil , en donde tengo la dicha de residir.
Me acerqué a un policía, quien sonriendo al verme venir, ignoró mi pregunta acerca San Benito y de poesías, y, como si me conociese de por vida, señaló hacia la librería Portonaris : “¿Sabes quién está ahí? –me dijo- ¡Apuesto a que es tu presidente!”
Sin dejarlo terminar, me apresuré hasta esa librería, tan mía, y que ahora, al parecer, albergaba a un compatriota, que resultaba ser mi mismísimo presidente. Quedándome por los alrededores, alcancé a ver entre la muchedumbre de hombres con gafas y camisas blancas, a Leonel Fernández, saliendo a paso peculiar y con menos prisas que el resto de sus acompañantes.
Montó en su carro, le siguieron escoltas, y en poco tiempo esa calle peatonal retomó su flujo ordinario. Volví a mirar al policía y me pregunté de nuevo, cómo, a pesar de las múltiples nacionalidades , colores, gente y acentos que colman ésta ciudad, pudo descifrar al punto, mi origen.
Resultó que él no fue el único, pues al llamar a mi conciudadano y amigo Gerson, estudiante de educación, y uno de los 209 becarios que escuchó el discurso de Leonel esa mañana, me enteré de que también el presidente Fernández identificó, entre toda la audiencia, a los que compartían su pedazo de isla.
Sonreí de puro orgullo y caminando más erguida, di a parar con la plaza San Benito. Me senté allí, todavía sonriente, sintiéndome más dominicana que nunca, y se me antojó que lo que en esos instantes sentía, también se adjetivaba poesía.
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